viernes, 30 de julio de 2010

Mensajes de txt

El sms es la unidad métrica conversacional y casi todo lo que nos pasa cabe en 150 caracteres

Ya no se trata de pasarse horas hablando por teléfono: el sms es la unidad métrica conversacional, y casi todo lo que nos pasa cabe en 150 caracteres.

El móvil le quita la tilde a los mensajes y las teclas resbalan. Fulanito escribe con faltas de ortografía y se lo perdonamos, será de teclear rápido.

Las mayúsculas sirven para GRITAR en los mensajes. Un paréntesis con dos puntos sonríe, con un punto y coma se pone picarón y con la P saca la lengua.

No hay respuesta por sms más cortante que la ausencia de respuesta, de otra manera hacen falta más mensajes para anular una cita que para confirmarla.

Un mensaje de texto es el recipiente ideal para un cumplido: lo único que te puede subir la moral aún más que escuchar un piropo es verlo por escrito.

Un beso es más que besos pero menos que besitos. Los abrazos y besazos son de amigo, pero no dudes que los bss son de trámite y un saludo lo más frío.

Un sms a tiempo es una victoria, pero a deshoras (dos de la mañana de un viernes, pongamos por caso) puede ser catastrófico, hasta motivo de divorcio.

El cibercyrano envía POEMA al 5555 y recibe mensajes de amor enlatado; la cibersybila envía HORÓSCOPO 4444 para consultar a los astros si le contesta.

Definición actualizada de cinismo: escribir “tú siempre serás el único para mí” y, a continuación y sin ruborizarse, darle al botón “enviar a varios”.

Combinación letal: excesiva impaciencia a la hora de mandar un mensaje de contenido delicado, tener dedos rápidos y varios amigos que se llamen igual.

Quién se acuerda de las innumerables bajas lingüísticas del imperio del txt: el olocausto de las haches, la kaída de la q y el xtrmnio de las vocales.

Las compañías de teléfono se frotan las manos gracias a gente educada que no puede evitar enviar una respuesta y se gasta 40 céntimos por enviar “ok”.

El 9 (wxyz) está casi nuevo y al 3 (def) se le borra el dibujo. Los de la “generación del pulgar” no tienen agujetas después de una discusión por sms.

(Cada uno de los párrafos de esta columna está escrito en 150 caracteres)

Elogio de la timidez

Un amigo tímido nunca te deja mal en público, o por lo menos, suele tardar un poco más en hacerlo

Reconocer a alguien a lo lejos, verle acercarse, hacer una seña, decirse “me está mirando a mí”. Levantarse de la mesa con decisión y una sonrisa saliéndose de las mejillas. Sentir las miradas perezosas de los compañeros de terraza y darse cuenta, al fin, de que a tu lado se pone de pie la persona a la que estaba saludando y no eras tú. Volver a sentarse, tranquilamente, con aire de estar ausente y sólo preocupada por buscar algo en el bolso. Abrirlo y mirar a ver si cabes dentro.

Me gustan los bolsos enormes y las personas tímidas. Intimidad viene de intimidar y no hay intimidad si no hay un poco de timidez.

Está en alza cultivar la sociabilidad extrema y el exhibicionismo emocional, ser extrovertido al punto de ser extroderramado y salpicar con nuestras intimidades las conversaciones y las vidas de los otros: los famosos buscan novia en la tele, sabemos cada cuánto lo hace la vecina, y en los anuncios nos recomiendan artilugios para las pequeñas pérdidas de orina.

Son malos tiempos para el pudor. Pero la timidez no estaban tan mal, y la espontaneidad está sobrevalorada. Un amigo tímido nunca te deja mal en público o, por lo menos, suele tardar un poco más en meter la pata que uno que no lo es.

Es normal que la gente finja seguridad en sí misma, pero es casi imposible impostar la timidez.

Es menos fácil dudar de los sentimientos de un tímido que de los de un tipo con personalidad expansiva.

Para el que no es tímido, relacionarse, ser simpático, mostrar la cara más amable de sí mismo le sale natural. El tímido tiene que esforzarse.

Desconfío de quien nunca ha sentido vergüenza de, al entrar en un sitio muy público, dar un mal paso y caerse estrepitosamente.

Un tímido tiene más autoconsciencia: de sus movimientos, de las palabras que mide, del espacio que ocupa y le gustaría que, por una vez, se suspendiera la ley de impenetrabilidad de los cuerpos para fundirse y desaparecer.

Hay un encanto especial en observar a un tímido cuando al fin se relaja y se deja llevar, el mismo que encuentra un biólogo al captar con su cámara en paciente espera el momento en el que los animales nocturnos se acercan a beber.


Sociedad con ánimo de lucro

Es sencillo, señores de la Sgae: nueve de cada diez personas prefieren que sea gratis

Casi tan difícil como encontrar al dentista (de cada diez) que recomendaba chicles con azúcar hace una década es encontrar a quien quiera pagar por algo pudiéndolo obtener gratis. Quizás usted conozca a alguien que conoce a alguien que prefiere comprar el cd original en vez de descargárselo de Internet por la cara; yo, por el momento, no. Esta pulsión humana tan sencilla no parece comprenderla la Sgae, que no repara en gastos para intentar convencernos de que nueve de cada diez españoles son ladrones en potencia.
El primer gran estropicio que se hizo en nombre de los derechos de autor lo protagonizó la viuda de Bram Stoker. Murnau había intentado (por las buenas), hacer la adaptación cinematográfica de Drácula. No le dejaron, así que cambió ciertos detalles de la trama, lugares y nombres y el resultado fue Nosferatu, una obra de arte que ha llegado a nosotros por los pelos, pues la viuda llevó a juicio a Murnau y el tribunal ordenó que se destruyeran todas las cintas de la película.
Que yo sepa, el creador de la memoria digital (también llamada pen o pincho) no está afiliado a la Sgae. Se llama Dov Moran y vive en Tel Aviv. Cada vez que un español compra una, la Sgae se lleva un buen pellizco y no es para dárselo él precisamente.
Ese “por mí y por todos mis compañeros”, no cuela, señores de la Sgae; la gente está dispuesta a pagar por ver una película en una pantalla de cine, por escuchar un concierto o tener un libro en su biblioteca, todo bien tangible. Que Internet y el CD rom les hayan estropeado el negocio no es motivo para hacer pagar al ayuntamiento por tocar charangas en las fiestas del pueblo.
Tampoco entienden en la Sgae que, ya que existe el canon, nueve de cada diez personas sensatas consideran que ya se tendrían que dar por pagados, y dejarse de andar grabando bodas o invadiendo peluquerías.

Amistad según Facebook

Javier se da baños de autoestima cuando constata que sus amigos tienen menos pelo que él

Pepe y Lucía se conocieron en una fiesta. En vez de pedirse el número de móvil, quedaron en buscarse en Facebook (nada más fácil si además se tiene un amigo en común). Tuvieron un par de citas y no congeniaron. Ahora Lucía trata de evitar a Pepe, pero le ha agregado como amigo, y le da palo borrarle.

Juan y Marta dejaron de ser novios, pero siguieron siendo amigos en Facebook. Ahora Marta no se atreve a subir las fotos de sus vacaciones en Argentina, porque sale en casi todas con otro.

Alfredo le envió una solicitud de amigo a Asunción (que con 15 años más está hecha un bombón), con la esperanza de que no se acordara ya de las muchas veces que se portó mal con ella en el colegio.

Esther, enamorada sin esperanza, no es capaz de resistirse a curiosear en el perfil de Luis y elucubrar, morbosa, cuál es su novia del momento.

Alejandro, por no entrar muy a menudo en su perfil, no pudo evitar que sus 44 amigos leyeran lo que opinaba María de él tras la ruptura.

Ernesto se enganchó a las vidas de Yolanda, Aroa, Berta, Alicia, Pedro y Alberto. “Echaría de la casa”, si en vez de Facebook fuera un reality, a Judith, Ricardo y Juan. Y a sus ex, también. Nuria confirmó la infidelidad de su novio por un comentario inocente de un semiextraño, amigo de Julio en Facebook.

Almudena sabe que Rocío no la puede soportar, pero no pudo negarse a agregarla como amiga y se la imagina entrando a cada tanto en su perfil para criticar.

A Carmen le gustaría salir con Gonzalo, pero le echan para atrás los mensajes más que atrevidos que le dejan chicas desconocidas en el muro.

A Teresa sólo le interesa actualizar su estado para que Pilar, Gema y los de la pandilla se mueran de envidia porque no para de viajar.

A Alicia le dan celos atrasados y mucha rabia poder poner cara a todas las ex de Ignacio gracias a Facebook.

Elena dejó de hacer comentarios en el muro al darse cuenta de que había agregado como amigo a Bernardo, el cotilla de la oficina.

Javier se da baños de autoestima cuando entra en las páginas de sus amigos de la universidad y constata que tienen aún menos pelo que él.


El fútbol es así

El ‘futbolero social’ es como el que no suele beber y se emborracha por la presión de grupo

La auténtica división de las dos Españas no es la política ni la guerra de sexos, es el abismo que separa a los futboleros de los que aborrecen este deporte. “Tus amigos te darán la espalda”, reza el eslógan de una cadena de televisión para recordarnos que el 11 de junio empieza el mundial de Sudáfrica. Es la oportunidad perfecta para los que no siguen el fútbol liguero (el fútbol para connaiseurs, porque entender la Liga es como conocerse las añadas de los vinos de Rioja). Los títulos de los enfrentamientos prometen: Alemania contra Francia, Argentina contra Inglaterra... el simulacro de la guerra sin sangre, una guerra que permite toda la emoción de sentir los colores sin tener que lamentar muertos.

Hasta hace poco, tenía amigos varones a los que no les interesaba en absoluto el fútbol y además presumían de ello. Ahora, me dicen que está empezando a gustarles, porque todos sus amigos hablan de eso y se van quedando sin temas de conversación. Es un caso más de futbolerismo social (como el que no suele beber pero se emborracha por la presión de grupo).
El Marca es como el Qué me dices. En sus páginas uno se encuentra con que, por ejemplo, a Messi le sientan mal los chándals oversize (es decir, grandes) y Cristiano Ronaldo abusa de la estética bling bling (o sea, brillantes y cadenas). Los errores arbitrales y los enfados entre entrenadores se suceden al mismo ritmo que bodas y separaciones de famosos. A veces, estos dos mundos se cruzan, como cuando se casan futbolista y modelo, pareja cañí que ha desplazado al torero y la folclórica.
Cuando llegue la temporada de fichajes, aparecerán caras nuevas con apodos de lo más pintoresco o nombre impronunciable, y nos acostumbraremos a ellos como a esos famosos que aparecen de pronto en el papel cuché y no hemos visto en nuestra vida: los famosos de segunda división (actores de teleserie juvenil o granhermanos contertulios) que suben a primera a golpe de noviazgo.
Y si es mujer, tal vez no se espere de usted que hable del derbi con sus amigas, ni se le pedirá entender el concepto de fuera de juego. Pero también puede probar a engancharse. El fútbol es tan divertido como la crónica rosa, si entras en el juego.

Señales

La adolescencia es todo o nada, si te da la espalda tu grupo no sabes cómo vas a seguir viviendo después

Dos hombres suben las escaleras mecánicas del metro al mismo tiempo. No se miran ni se conocen, y ni siquiera se dan cuenta, pero son rivales. A mitad de trayecto la frecuencia de pisada de ambos se va acelerando, luchando por adelantarse en el tramo final. Termina la escalera y se acaba la guerra. Competirán por salir antes a la superficie, por llegar al semáforo en verde, por ser atendidos los primeros.
Dos adolescentes comparten red social. Compiten, naturalmente, por molar todo, por gustarle a los chicos de la clase, por tener muchos amigos, por llevar la ropa más guay. Hasta aquí todo va bien. Pero la adolescencia no tiene mesura. Nuestros dos hombres “hechos y derechos” que se quedan sin resuello en las escaleras tienen cierto autocontrol que les hace, como mínimo, avergonzarse un poco de haberse acalorado así sólo por llegar antes que el otro. Los adolescentes no. Es todo o nada. Si te da la espalda tu grupo es terrible y no sabes cómo vas a poder seguir viviendo después. No existe mañana y apenas un ayer del que sacar lecciones.
Dos chavales vuelven juntos a casa desde el cole. Uno siempre anda metiéndose con el otro. Le machaca donde más le duele, en su autoestima de crío: “Cobarde, pringado”, le dice. Un día se cansa de oír siempre la misma cantinela y le da un puñetazo. El pequeño acosador le deja en paz y se acabaron los problemas.
Dos personas se dan cita para hacer las paces. Una de ellas acaba muerta. Si se tratara de una pareja de adultos, le pondríamos la etiqueta “violencia de género” y apenas sería noticia. Pero son menores. Alguien se ha saltado las normas de la competición, se ha estropeado el frágil equilibrio de la jungla, o tal vez son muchas pequeñas cosas a la vez. La única certeza que tenemos es que algo “estaba mal”. Siempre hay, al parecer, señales. Buscamos detalles en la prensa, queremos saber qué pasaba alrededor. Que si videojuegos violentos. Que si la estética gótica. Que si los juegos de rol. Que si el bullying. Que si el chat. “Nuestros niños son diferentes, no hacen eso”, nos decimos. La olla a presión emite un silbido que no queremos oír.

Especie en extinción

Deberíamos proteger a los buenos camareros, tan escasos como los linces ibéricos

Madrid, 2010. Una cafetería cualquiera. Me siento junto a la ventana, periódico en mano. Y espero. Espero. Me esfuerzo por existir en el campo de visión del camarero. Cuando al fin viene, constato que no me he hecho ni más visible ni más persona. Con la mirada vacía, anota el pedido en una pda que intuyo fascinante, o llena de juegos, como el móvil, por lo fijamente que la mira. Desaparece y me dedico a observar a los otros camareros. Hablan entre ellos. Otro cliente se acerca a pedir a la barra, incómodo por tener que interrumpirles la conversación, pero no la interrumpe. Le perdonan la vida y siguen hablando mientras le atienden. Tienen todos aire de “no te creas que me gusta estar haciendo esto”. Tienen, supongo, un contrato basura de unos pocos meses, una licenciatura y un máster -seguro que no en hostelería-, y en realidad lo que les va es la filosofía o el teatro. Con este trabajito se pagan el piso compartido (así están las cosas), y con la crisis se les pondrá todavía más cuesta arriba eso de dedicarse a lo suyo. Pobres.

¿Pero donde estarán los auténticos camareros? Deberían protegerlos, porque quedan ya muy pocos, no más que linces ibéricos. Un buen camarero es el que consigue ese milagro, tan consolador para nuestras almas, de mantener en su local todas las ventajas de escapar de casa con todos los beneficios de encontrarte en ella.

Los niños ahora lo tienen muy claro: quieren ser famosos. No astronauta, o científico, o médico famoso, sino simplemente famoso. Concursante de Gran Hermano o novia de un jugador del Madrid. No les culpo, a qué pasarse tantos años en la facultad para ir directamente al paro (o a la cafetería). Los trabajos están pagados, no por lo costoso que haya sido formarse, ni por la responsabilidad que impliquen, sino por el dinero que hacen ganar. Así, un piloto de fórmula 1 o un futbolista están en la cúspide de la pirámide. Y, evidentemente, un camarero, no. Hacer lo que a uno le gusta es casi una utopía; gustarle a uno lo que hace, difícil. Pero había un tiempo en el que hacer bien el trabajo, el que fuera, era motivo de orgullo.