viernes, 30 de julio de 2010

Especie en extinción

Deberíamos proteger a los buenos camareros, tan escasos como los linces ibéricos

Madrid, 2010. Una cafetería cualquiera. Me siento junto a la ventana, periódico en mano. Y espero. Espero. Me esfuerzo por existir en el campo de visión del camarero. Cuando al fin viene, constato que no me he hecho ni más visible ni más persona. Con la mirada vacía, anota el pedido en una pda que intuyo fascinante, o llena de juegos, como el móvil, por lo fijamente que la mira. Desaparece y me dedico a observar a los otros camareros. Hablan entre ellos. Otro cliente se acerca a pedir a la barra, incómodo por tener que interrumpirles la conversación, pero no la interrumpe. Le perdonan la vida y siguen hablando mientras le atienden. Tienen todos aire de “no te creas que me gusta estar haciendo esto”. Tienen, supongo, un contrato basura de unos pocos meses, una licenciatura y un máster -seguro que no en hostelería-, y en realidad lo que les va es la filosofía o el teatro. Con este trabajito se pagan el piso compartido (así están las cosas), y con la crisis se les pondrá todavía más cuesta arriba eso de dedicarse a lo suyo. Pobres.

¿Pero donde estarán los auténticos camareros? Deberían protegerlos, porque quedan ya muy pocos, no más que linces ibéricos. Un buen camarero es el que consigue ese milagro, tan consolador para nuestras almas, de mantener en su local todas las ventajas de escapar de casa con todos los beneficios de encontrarte en ella.

Los niños ahora lo tienen muy claro: quieren ser famosos. No astronauta, o científico, o médico famoso, sino simplemente famoso. Concursante de Gran Hermano o novia de un jugador del Madrid. No les culpo, a qué pasarse tantos años en la facultad para ir directamente al paro (o a la cafetería). Los trabajos están pagados, no por lo costoso que haya sido formarse, ni por la responsabilidad que impliquen, sino por el dinero que hacen ganar. Así, un piloto de fórmula 1 o un futbolista están en la cúspide de la pirámide. Y, evidentemente, un camarero, no. Hacer lo que a uno le gusta es casi una utopía; gustarle a uno lo que hace, difícil. Pero había un tiempo en el que hacer bien el trabajo, el que fuera, era motivo de orgullo.

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