La adolescencia es todo o nada, si te da la espalda tu grupo no sabes cómo vas a seguir viviendo después
Dos hombres suben las escaleras mecánicas del metro al mismo tiempo. No se miran ni se conocen, y ni siquiera se dan cuenta, pero son rivales. A mitad de trayecto la frecuencia de pisada de ambos se va acelerando, luchando por adelantarse en el tramo final. Termina la escalera y se acaba la guerra. Competirán por salir antes a la superficie, por llegar al semáforo en verde, por ser atendidos los primeros.
Dos adolescentes comparten red social. Compiten, naturalmente, por molar todo, por gustarle a los chicos de la clase, por tener muchos amigos, por llevar la ropa más guay. Hasta aquí todo va bien. Pero la adolescencia no tiene mesura. Nuestros dos hombres “hechos y derechos” que se quedan sin resuello en las escaleras tienen cierto autocontrol que les hace, como mínimo, avergonzarse un poco de haberse acalorado así sólo por llegar antes que el otro. Los adolescentes no. Es todo o nada. Si te da la espalda tu grupo es terrible y no sabes cómo vas a poder seguir viviendo después. No existe mañana y apenas un ayer del que sacar lecciones.
Dos chavales vuelven juntos a casa desde el cole. Uno siempre anda metiéndose con el otro. Le machaca donde más le duele, en su autoestima de crío: “Cobarde, pringado”, le dice. Un día se cansa de oír siempre la misma cantinela y le da un puñetazo. El pequeño acosador le deja en paz y se acabaron los problemas.
Dos personas se dan cita para hacer las paces. Una de ellas acaba muerta. Si se tratara de una pareja de adultos, le pondríamos la etiqueta “violencia de género” y apenas sería noticia. Pero son menores. Alguien se ha saltado las normas de la competición, se ha estropeado el frágil equilibrio de la jungla, o tal vez son muchas pequeñas cosas a la vez. La única certeza que tenemos es que algo “estaba mal”. Siempre hay, al parecer, señales. Buscamos detalles en la prensa, queremos saber qué pasaba alrededor. Que si videojuegos violentos. Que si la estética gótica. Que si los juegos de rol. Que si el bullying. Que si el chat. “Nuestros niños son diferentes, no hacen eso”, nos decimos. La olla a presión emite un silbido que no queremos oír.
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