Es sencillo, señores de la Sgae: nueve de cada diez personas prefieren que sea gratis
Casi tan difícil como encontrar al dentista (de cada diez) que recomendaba chicles con azúcar hace una década es encontrar a quien quiera pagar por algo pudiéndolo obtener gratis. Quizás usted conozca a alguien que conoce a alguien que prefiere comprar el cd original en vez de descargárselo de Internet por la cara; yo, por el momento, no. Esta pulsión humana tan sencilla no parece comprenderla la Sgae, que no repara en gastos para intentar convencernos de que nueve de cada diez españoles son ladrones en potencia.
El primer gran estropicio que se hizo en nombre de los derechos de autor lo protagonizó la viuda de Bram Stoker. Murnau había intentado (por las buenas), hacer la adaptación cinematográfica de Drácula. No le dejaron, así que cambió ciertos detalles de la trama, lugares y nombres y el resultado fue Nosferatu, una obra de arte que ha llegado a nosotros por los pelos, pues la viuda llevó a juicio a Murnau y el tribunal ordenó que se destruyeran todas las cintas de la película.
Que yo sepa, el creador de la memoria digital (también llamada pen o pincho) no está afiliado a la Sgae. Se llama Dov Moran y vive en Tel Aviv. Cada vez que un español compra una, la Sgae se lleva un buen pellizco y no es para dárselo él precisamente.
Ese “por mí y por todos mis compañeros”, no cuela, señores de la Sgae; la gente está dispuesta a pagar por ver una película en una pantalla de cine, por escuchar un concierto o tener un libro en su biblioteca, todo bien tangible. Que Internet y el CD rom les hayan estropeado el negocio no es motivo para hacer pagar al ayuntamiento por tocar charangas en las fiestas del pueblo.
Tampoco entienden en la Sgae que, ya que existe el canon, nueve de cada diez personas sensatas consideran que ya se tendrían que dar por pagados, y dejarse de andar grabando bodas o invadiendo peluquerías.
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