Reconocer a alguien a lo lejos, verle acercarse, hacer una seña, decirse “me está mirando a mí”. Levantarse de la mesa con decisión y una sonrisa saliéndose de las mejillas. Sentir las miradas perezosas de los compañeros de terraza y darse cuenta, al fin, de que a tu lado se pone de pie la persona a la que estaba saludando y no eras tú. Volver a sentarse, tranquilamente, con aire de estar ausente y sólo preocupada por buscar algo en el bolso. Abrirlo y mirar a ver si cabes dentro.
Me gustan los bolsos enormes y las personas tímidas. Intimidad viene de intimidar y no hay intimidad si no hay un poco de timidez.
Está en alza cultivar la sociabilidad extrema y el exhibicionismo emocional, ser extrovertido al punto de ser extroderramado y salpicar con nuestras intimidades las conversaciones y las vidas de los otros: los famosos buscan novia en la tele, sabemos cada cuánto lo hace la vecina, y en los anuncios nos recomiendan artilugios para las pequeñas pérdidas de orina.
Son malos tiempos para el pudor. Pero la timidez no estaban tan mal, y la espontaneidad está sobrevalorada. Un amigo tímido nunca te deja mal en público o, por lo menos, suele tardar un poco más en meter la pata que uno que no lo es.
Es normal que la gente finja seguridad en sí misma, pero es casi imposible impostar la timidez.
Es menos fácil dudar de los sentimientos de un tímido que de los de un tipo con personalidad expansiva.
Para el que no es tímido, relacionarse, ser simpático, mostrar la cara más amable de sí mismo le sale natural. El tímido tiene que esforzarse.
Desconfío de quien nunca ha sentido vergüenza de, al entrar en un sitio muy público, dar un mal paso y caerse estrepitosamente.
Un tímido tiene más autoconsciencia: de sus movimientos, de las palabras que mide, del espacio que ocupa y le gustaría que, por una vez, se suspendiera la ley de impenetrabilidad de los cuerpos para fundirse y desaparecer.
Hay un encanto especial en observar a un tímido cuando al fin se relaja y se deja llevar, el mismo que encuentra un biólogo al captar con su cámara en paciente espera el momento en el que los animales nocturnos se acercan a beber.
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